Autor:
José Sánchez Rojas.
Título: CRÓNICAS TUNAS DE SÁNCHEZ ROJAS.
BURGOS, LA GENTIL.
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
El Adelanto.
Fecha:
Miércoles, 10 de febrero de 1926,
p. 3.
¡Y cómo nos ha
recibido Burgos, amigos, cómo nos ha recibido a los muchachos y al
«machucho» que se honra acompañándoles! En la estación, la colonia
salmantina en pleno; en la estación, las autoridades, los
presidentes de los centros, los estudiantes del Instituto con sus
profesores; en la estación, este querido Rafael Dorado, que nos trae
el saludo del marqués de Buniel; Román Álvarez, que representa a su
ilustre hermano don Melquíades, profesor antes que político y buena
persona antes que profesor; Federico Camarasa, Pepe Villafáfila,
Dieguito Saavedra, de uniforme; Antonio Zumárraga, perfumado y
guapetón; los condiscípulos, los amigos, los compañeros del
periódico... Burgos, gentilmente, abraza, y saluda, y reverencia en
nosotros a Salamanca... Y nosotros, orgullosos y conscientes de
nuestra representación, estamos un poco emocionados. Las agujas de
las torres de Juan de Colonia, presiden el lienzo velado y neblinoso
de la ciudad, y las muchachas, y las modistillas, y las señoritas de
calidad, contemplan a los peques, que ya preludian su fado:
– ¡Míralos! ¡Son
los estudiantes de Salamanca!
No sé que tiene
esta palabra divina de Salamanca; qué fuerza de evocación, qué
gracia de prestigio, qué sonoridad para el corazón y para la
juventud, que todos sonríen y todos nos aclaman. Yo, que voy con mi
bilbaína, mi gabán, mi capa sobre el gabán, mis guantes
estudiantiles y mis dos chalecos, porque el frío es imponente, entre
las autoridades y las personas formalotas y sesudas, estropeo un
poco el cuadro con mi carota adormilada y mis ojos irritados y
ávidos de cerrarse. Para unos soy un estudiante harto de perder
cursos y de ganar suspensos; para otros, un señor profesor... Como
profesor de italiano, como profesor «in partibus infidelium», me
presentan estos chicos. Pero mis amigos, los burgaleses, me
reconocen. Y suelto a unos para coger a otros. Estoy como los
«tunos», realmente, visiblemente emocionado...
En el Consistorio
de la «caput castellae», de la capital castellana, unos momentos.
Discursos. Las inevitables instantáneas al magnesio. Jesús Esperabé,
dormido, lleva el compás de los hierros; Téllez dormita también; el
heredero del buen Pepe Avila abre la boca desmesuradamente; los
chicos de B as Santos vitorean a Burgos; Julito Santiago Mirat, que
ya no puede resistir, inicia un sueñecito, separado en un escaño de
munícipe burgalés; Amézaga, el alcalde, habla en una emoción
sorprendente. Preguntamos. Tuvo un hijo estudiante; falleció este
verano, dejándole solo con su compañera. Sus palabras son como
lágrimas: conmueven y refrescan a la vez.
A la Catedral,
después, les llevó a ver la Magdalena en la capilla de los Fernández
Velasco. El pertiguero me reconoce. También yo. También yo, hace
años, como si fuera un estudiante más, llevaba por las tardes a la
capilla a una bella muchacha, que tuvo el talento de abandonarme, la
pícara, por otro. Recuerdo tantas cosas a la vez, que tengo que
sentarme para recoger impresiones desperdigadas que la capilla me
hace tornar a vivir. Pero aparecen nuestras guapas presidentas, con
la señora de Plaza, y con la bellísima hija del banquero señor
Villa, Anita, y el rostro hechicero y fresco de las niñas me sirve
de reacción para despertar del todo.
El casino, la velada con dos llenos formidables, excelentes
noticias del recibimiento que se nos prepara en Vitoria.
Aquí estaremos
hasta el miércoles. En el hotel, estoy junto a los peques. Este
señor Ávila, se multiplica y desvive por atendernos. Los chicos
comen con un apetito formidable, y duermen como los ángeles, de un
tirón. Al levantarse, tengo para mi que el recuerdo de María Teresa
Plaza – nuestra paisanita – de Mary Barbadillo, de Amparito Pérez
Herce, de Anita Villa, de Elenita Casado, les hace prorrumpir en
cantos de alegría y de juventud. Los violines y los laúdes y los
guitarricos ya tocan solos. En este concierto de juventud, yo sólo
disiento bastante. Y eso que... ¿Pero vas a perder el ritmo de tu
esperanza, corazón?
José Sánchez
Rojas
Burgos, 8 II, 926.