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Autor:
Luís D. Guilarte.
Título: EL VUELO DE LA TUNA.
DE LA EXCURSIÓN DE LA TUNA ESCOLAR
SALMANTINA.
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
El Adelanto.
Fecha:
Sábado, 5 de marzo de 1927,
p. 2.
La Tuna es igual que las mariposas, que tienden su vuelo de
una flor a otra flor, dando a sus pétalos policromos mayor encanto con
el raso tornasol de sus alas frágiles; igual que ellas, que de cuando en
cuando descansan, parando para volver a volar, y después, exhaustas ya,
mueren ofrendando al espacio la caricia sutil de su postrer aleteo,
dejando con su muerte la esperanza de la futura crisálida.
La Tuna, naciente apenas, tendió su vuelo al aire
desconocido, sin más guía que sus ilusiones, sin más proyectos que el
encanto de lo por ver. Posó en las bellas ciudades extremeñas, flores de
piedra en el inmenso jardín hispano, animando con sus músicas alegres y
ruidosas, de sonar de recuerdos y con el colorido vivo y riente de sus
lazos, de su bandera y de las cintas que de ella pendientes llevan en
sus bucles de seda el recuerdo de bellas presidentas, su monotonía, su
vida siempre apacible pero demasiado igual.
Cruzar infatigable de tierras, cruzar veloz, casi
momentáneo. Recibimientos entusiastas, llenos de veneración a una gloria
que en sus hombros jóvenes lleva modestamente; pleitesía a Salamanca, a
su tradición. Despedidas lastimosas al sentir la inevitable marcha de
los portadores espirituales de mensajes infinitos para los que sienten
el ayer; dolor al ver cómo se alejan, en alas de la ilusión y de ansias
al más allá desconocido, y al sentir cómo se apagan sus músicas y la
eterna de la alegría juvenil.
Cansada desciende. Quiere recobrar las perdidas fuerzas para
el retorno y busca un asilo capaz a sus grandes ilusiones. Y lo
encuentra incomparable al divisar a lo lejos, en el espejismo de su
alma, la ciudad todo blancura y relucir: la bella ciudad de la Giralda y
la Torre del Oro. Y en ella sólo reposa, se complace con sus bellezas y
bajo su sol indefinido y su cielo eternamente azul recobra poco a poco
las energías del alma y del cuerpo.
Las músicas no se dejan sentir, los «tunos» dispersos
recorren el laberinto de ensueño que es Sevilla, contemplan los
palacetes andaluces de reflejos incontables y descansan en los frondosos
jardines, de sombra romántica y de promesas floridas. Beben en la fuente
de la belleza de chorrear eterno, de desgranar continuo en la concha
blanca del encanto y nunca se sienten ahítos.
Gonzan a borbotones los tres días de vacación - en vacación
- y su alma se inunda de hermosura, así notarán al coger de nuevo los
instrumentos dóciles que las notas salen más cálidas y amorosas.
Y luego otra vez a emprender el vuelo. Y otra vez los casi
momentáneos descensos. Y por último, Salamanca, la hermosa Salamanca, el
féretro dorado de la bella muerte de la Tuna. Para ella serán sus
últimas notas llenas de emoción y de alegría: alegría, por la vuelta a
la ciudad donde sus cariños viven; emoción, por conocer que esas músicas
son su adiós a la vida ¡y qué emoción no pondría un virtuoso si supiese
que tocaba por última vez.
Salamanca acogerá amorosa a la Tuna que vuelve, y a cuya
ausencia no pudo acostumbrarse y sentirá alegría ante el feliz retorno.
Y todo esto será pronto: la Tuna ha tendido ya las alas, después de
haber llegado al fin de su viaje, en la inmensa superficie del mapa
difuso, y emprende el vuelo hacia arriba, hacia la sobria Castilla,
hacia su ciudad. Y cada día más cerca... Sintiendo aproximarse su
encanto lejano, y alegrándose en el batir incesante de sus alas
gloriosas.
LUÍS D. GUILARTE
Sevilla, marzo 1927.
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NOTA: Artículo
procedente de investigación original inscrita con el número SA-120-02 en
el Registro de la Propiedad Intelectual. La presente edición ha sido
normalizada y corregida para evitar el uso no autorizado de la misma.
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