Autor:
José Sánchez Rojas.
Título: CRÓNICAS TUNAS DE SÁNCHEZ ROJAS.
EL HECHIZO DE BURGOS.
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
El Adelanto.
Fecha:
Viernes, 12 de febrero de 1926,
p. 1.
Para Anita Villa.
Hoy, último día de
nuestra estancia en el glorioso y noble solar del Cid, la Tuna anda
por esas calles de Dios mohína y melancólica. No quiere irse de
aquí. Los pequeños, sobre todo, están inconsolables. Y esta noche se
nos han escapado del hotel, dando serenatas a unas mocitas tempranas
con las que se han entendido muy bien ayer y hoy en los casinos y en
los paseos.
La Tuna esta mohína
y melancólica; no quiere marcharse. Con la mayor formalidad han
pedido al presidente que rompa el programa de excursión y que se líe
aquí hasta Carnavales. A las muchachas, a las guapísimas y
encantadoras muchachas de Burgos, les pasa lo mismo.
Un precioso retoño
de un bravo general de artillería, me ha rogado que los tunos se
queden aquí también mañana; una morena desconcertante y expresiva,
me ha formulado idéntica súplica; muchos amigos burgaleses han
tenido la bondad y la gentileza de expresarse en el mismo sentido.
Los salmantinos han caído en Burgos de pie. Y de cara con las
burgalesas. Sé de muchos idilios que han empezado y que van a morir
en Vitoria o en Bilbao y hasta de alguna calabaza – no daré el
nombre del cuitadiño – que se ha despechado esta tarde en el
magnífico lunch que nos han ofrecido nuestras madrinas. Los tunos y
las lindas burgalesas se han entendido del todo.
Estas han vibrado
de emoción – ¡Dios me asista! – ante la estudiantina, que pasa con
sus guitarras, sus violines, sus laúdes, sus hierros y sus
panderetas.
Tendremos fiestas,
muchas fiestas, en esas nobles provincias vascongadas que nos
esperan. Pero las de Burgos, tan nobles, tan íntimas, tan delicadas,
tan selectas, tan distinguidas, no las podremos olvidar jamás. El
nombre de Salamanca ha sido la varita mágica que ha realizado el
milagro. Este nombre ha sido nuestro secreto. Sólo este nombre.
Salamanca quiere decir, para Burgos, academia, y ciencia, y
estudiante pícaro y enamorado, y reja iluminada, y madrigal eterno,
y trigales dorados, y juventud, y arte, y ensueño.
Y como Burgos es
también una ciudad ensoñadora, con las dos agujas celadas de Juan de
Colonia, que se espejan sobre el Alanzón, con la maravilla de la
sonrisa y de la trenza de la Magdalena de la capilla de los
Condestables, con el encanto de sus cubos y del enterramiento de su
Cartuja, y del silencio de sus Huelgas, ha sabido adivinar, por
instinto, que Salamanca es su hermana, un poco más doctoral y
estirada, pero igualmente bella y seductora. Y la ha besado
fraternalmente en sus estudiantes y en sus tunos.
¡Curioso
espectáculo el de estos días! Una sola palabra ha estado pendiente
en todos los labios y en todos los corazones: Salamanca.
A mí, como tuno
mayor y más viejo, me ha cabido el honor de representarla de modo
más ostensible. En verdad, en verdad os digo, que he sentido la
responsabilidad del momento y la majestad de mi embajada. Y estoy -
modestia aparte - satisfecho. A cambio de ciertos sinsabores caseros
que sufre uno cuando le miden por su rasero aquellos cuyo nombre no
suele pasar de Cantalapiedra o de Cantalpino, la vida ofrece ciertas
gratas compensaciones si se ha dedicado a los nobles deportes del
arte y de la inteligencia. Y tales deportes me han venido estos días
como anillo al dedo para hacer las delicias de mis tunos.
Me marcho de Burgos
dentro de unos minutos. Escribo en las primeras horas de la mañana,
esperando el coche del hotel que ha de llevarme a la estación, para
tomar el primer expreso. Siempre que he marchado de esta ciudad, he
llevado la misma sensación de gracia, de nobleza, de hidalguía, de
artesana y de exquisita distinción. No es de hoy este juicio; los
burgaleses lo saben. En «El Sol», en «La Vanguardia», y en «La
Publicidad», he consignado mil veces esta impresión placentera y
delicada de la tierra de los condes y de Rodrigo.
Hoy llevo algo más;
llevo, como si tuviera veinte años, la dulzura de muchos ojos, la
esbeltez de muchos palmitos, la gracia y la majestad de algunas
figuras encantadoras. Y ¡ay!, el corazón no vibra.
Cuando todos estos
chicos puedan esperar, yo me refugio en mis recuerdos, luminosos y
plácidos a distancia, que aún queda sol de primavera en los bordes
de mi corazón de tuno, despreocupado y paradójico.
José Sánchez Rojas.
Burgos, 10-II-26,
(cuatro madrugada).