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Autor:
Enrique Esperabé de Arteaga.
Título: REMEMBRANZAS.
LA ESTUDIANTINA DE SALAMANCA.
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
El Adelanto.
Fecha:
Miércoles, 1 de febrero de 1928,
p. 3.
Entre las tradiciones universitarias que aún se conservan, o
que renacen, mejor dicho, en esta tan transformada ciudad, donde todo ha
ido desapareciendo con el correr de los años y la sacudida de los
huracanes, figura la clásica Estudiantina, que anualmente alegra por
esta época nuestras calles y avenidas, y que más tarde, al acercarse los
Carnavales, se ausenta de Salamanca durante algunos días, para llevar el
nombre y el recuerdo de la ilustre y venerada Escuela por diferentes
regiones.
Esto es sencillamente volver a la tradición, a prácticas y
fiestas que atesoran encantos, juventud y belleza; pues una de estas
Tunas, en la que figuró entre los más “peques” Mariano Núñez, nombró
presidente, allí por 1890 o 1891, a un hombre ya barbudo y entrado en
años, Arsenio Huebra, redactor-jefe entonces de EL ADELANTO, gran
orador, escritor elegante, fácil, festivo, humorista, y uno de los
talentos más preclaros que Salamanca ha tenido; pero que, por su vida
desarreglada y bohemia, fue arrebatado por la muerte en la plenitud de
su edad viril y de sus facultades mentales. Aquella Tuna, después de ser
recibida y obsequiada en sus domicilios por el Rector, los cuatro
Decanos y por catedráticos eminentes, maestros de maestros y por todos
consagrados y acatados, como Mariano Arés y Enrique Gil y Robles,
recorrió las principales ciudades de Portugal y fue allí, en la vecina
República, objeto de constante aclamación y de los mayores aplausos.
He dicho antes de ahora y lo he demostrado con estos, que
soy entusiasta de “La Estudiantina”, un enamorado de ella, y será
siempre para mí motivo de satisfacción el que esta costumbre tan castiza
y tan simpática, muerta por falta de calor y de amparo y por abandono e
incuria, se restaurase en mi Rectorado y por el apoyo que desde los
primeros momentos presté a los iniciadores de la idea.
Los que desprecian el pasado y pretenden ir contra la vida
misma en su honda raigambre y en sus más puros y caudaloso manantiales,
los que tratan de borrar las huellas que en su rápido caminar por el
mundo dejaron nuestros mayores, los que reniegan de los hombres y de las
cosas que fueron, por no querer vivir más que del presente, son unos
estólidos y extravagantes ególatras, enemigos de la Patria y de la
Humanidad; pues si bien es cierto que para el progreso del pensamiento y
para el mejoramiento de los pueblos se impone la evolución y la mudanza,
también lo es que no debe romperse ni extinguirse lo que nos dio
carácter, fama y renombre en periodos de un áureo esplendor, ni conviene
tampoco ponerse en frente de Instituciones que merecen respeto. Una de
estas es sin disputa “La Estudiantina”, con su típico traje de calzón
corto, que evoca remembranzas y sentires, antiguas leyendas, hermosas
páginas de nuestra Historia, siglos pretéritos, épocas medioevales,
centurias que no pueden olvidarse, los días aquellos del apogeo prístino
de la representativa capital castellana, la Universidad, la sabia,
traqueteadora del escolar de las aventuras, de los ensueños, de las
ilusiones, de las pendencias, de los ingeniosos versos, de las canciones
populares y de los traviesos amores, que enfervorizado con el afán de
conquistas, organizaba rondas por las noches para obsequiar con sus
galanteos y con sus armoniosas músicas a la linda muchacha, dueña de su
corazón y de sus devaneos, que ya le había distinguido con un gesto
acogedor y significativa sonrisa.
No debo ni quiero ocultarlo. Al oír los violines y guitarras
estudiantiles, el sonido de las panderetas y el de los hierros, al
escuchar los sones y las tonadas de la atrayente comparsa y ese su
pasodoble, que tanto agrada al percibir sus movimientos, sus suaves
voces y la marcha marcial y airosa de todos ellos, despiértanse en ni
emociones intensas, viejos recuerdos, que hacen retrotraer a mi mente
los tiempos mozos y hasta los de la infancia, en que graves y doctos
doctores del claustro extraordinario, como don Ramón Losada (La Baronesa
del Zurguén), don Gerardo Vázquez de Parga, don Celedonio Miguel Gómez,
don Antonio Arteaga, don Camilo Álvarez de Castro, don Baltasar Barba,
don Hipólito Fernández, don Sandalio Esteban Santos, don Tomás Sánchez
Ventura, don Fabián Padierna, don Ramón Hoyos, don Francisco Jarrín, don
Lorenzo Velasco, don Elías del Yerro y tantos otros más, solidarizados
con profesores y alumnos, y entusiastas del “alma mater”, de sus
prestigios, de sus tradiciones y de sus glorias, formaban filas con sus
birretes y sus severas togas, siempre que la Universidad caminaba al
peón por la vía pública para asistir a una procesión, a alguna rogativa
o al funeral de un claustral.
Hoy, todo eso tan pintoresco, tan hermoso, tan sugestivo,
tan espiritual y tan grande, se ha perdido por completo, por haberlo
destrozado y arrasado el ventalle de la indisciplina, del modernismo y
de la independencia fiera, el escepticismo avasallador, que de todo duda
sin reconocer la verdad y el valor de las acciones humanas que al no
darnos orientación hacia el porvenir, nos deja en la sociedad
abandonados, la frivolidad y la ausencia de caracteres y de espíritus
fuertes, inflexibles, serios, rudos y enérgicos con los irrespetuosos.
De ahí el que consuele y conforte lo que todavía queda, lo
que persiste, y los que mantenemos la tradición y la fe y abrigamos
esperanzas, nos añoramos y nos rejuvenecemos al paso de “La
Estudiantina”, como cuando un gran lírico resucita los hechos de
nuestros antepasados, embelleciéndolos e idealizándolos con su pluma de
oro o con su elocuente palabra.
ENRIQUE ESPERABE DE ARTEAGA
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NOTA: Artículo
procedente de investigación original inscrita con el número SA-120-02 en
el Registro de la Propiedad Intelectual. La presente edición ha sido
normalizada y corregida para evitar el uso no autorizado de la misma.
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