Autor:
Anónimo.
Título: LA VELADA DE LA TUNA ESCOLAR
SALMANTINA.
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
El Adelanto.
Fecha:
Viernes, 5 de febrero de 1926,
pp. 3 y 4.
Discursos de los
señores Antón y Sánchez Rojas.- Palabras del presidente de la tuna.-
Poesía de Cándido R. Pinilla.- Las piezas teatrales y la
concurrencia.
LA INDOLE DE LA FIESTA
Durante la tarde y
la noche, celebró su velada tradicional la Tuna Escolar Salmantina.
Esta fiesta, tan salmantina, tan universitaria, tan íntimamente
nuestra, fue realzada anoche por la presencia de las mujeres más
bellas de nuestra ciudad y por la lectura de dos hermosos discursos,
los de los doctores Antón y Sánchez Rojas, y la bella poesía de
Cándido Rodríguez Pinilla. El presidente de la Tuna, don Natalio
Sánchez García, dijo también muy discretas y sobrias palabras, que
agradaron mucho.
En resumen, una
fiesta muy nuestra, muy distinguida, que puso de manifiesto hasta
qué punto están identificados nuestros estudiantes con esta ciudad,
que tanto les quiere y les considera.
¡Toda clase de
venturas les deseamos en la deliciosa excursión que emprenderán
mañana por las ciudades del Norte, donde se les espera con cariño y
con ansiedad!
Comenzó la velada
con un precioso discurso del profesor de Derecho Penal, señor Antón,
que a continuación reproducimos en toda su integridad, para que lo
conozcan nuestros lectores.
DISCURSO DEL
CATEDRATICO DON JOSE ANTÓN
Señoras y señores:
Al ser requerido por los escolares de la Tuna para hacer esta
presentación, accedí pensando que ignoraban de mí el cumplimiento de
un deber profesional. Como en años anteriores deseaban el concurso
de un profesor, con el afán de significar en esta fiesta la
tradición de la vida corporativa universitaria, cuando «Las
Partidas» definían el «Estudio» como «Ayuntamiento de maestros et de
escolares» y la Universidad era una comunidad a la que no resultaba
extraña ninguna de las actividades del alumno. Estudios, fiestas,
alojamientos, trajes, palicia de costumbres; a todo alcanzaba la
tutela maternal de la Universidad salmantina, que si limitaba por su
desvelo la libertad del estudiante, le compensaba con creces con los
benéficos de su enseñanza y los privilegios de su jurisdicción.
Ilustres cronistas
de esta ciudad os han descrito en otras ocasiones, con su erudición
proverbial, las antiguas fiestas universitarias; pero a mí, que no
soy erudito, me está vedado el remontarme a contemplar los paisajes
históricos y he de reducirme a la actual.
Es cierto que no
tenemos en España Universidades como las de otros países que son
verdaderas ciudades, donde junto a las clases, las bibliotecas y los
laboratorios, se dan en el mismo recinto universitario la
residencia, el club, el campo de deportes y el salón de baile.
Y es de lamentar,
porque esta extensión de las instituciones docentes, tiene la
ventaja de que el estudiante ve en ellas un hogar y aprende a
amarlas desde el primer día; no como ahora que sólo percibe de ellas
la fatiga del estudio, y es solo más tarde, después de saborear sus
frutos y cuando ya se siente con pena decrecer la libre
despreocupación de los años mozos, cuando estimamos con efusión los
días alegremente transcurridos en los claustros universitarios.
Pero sí tenemos en
España una ciudad de otra naturaleza, pero ciudad universitaria al
fin; es en Salamanca, donde por formación espontánea, mediante la
natural expansión de la vida escolar, debido a ser la ciudad chica,
más que a la grandeza de la Universidad, el Alma mater llena toda el
cuerpo de aquélla y es posible que nos reunamos aquí las gentes
universitarias, sin extrañar el lugar ni el objetivo, como si
estuviésemos en nuestra propia función y en nuestra misma casa.
Gracias a ello tiene Salamanca su fisonomía propia, animada por el
continuo fluir de las generaciones estudiantiles, que le asegura, a
pesar de su vetustez histórica, una mocedad perpetua.
Al forastero que
viene de otras poblaciones castellanas, dormidas sobre su tradición,
cementerios artísticos o museos de antigüedades, le sorprende
encontrar en Salamanca, junto a las piedras venerables, tanta vida
como circula por sus arterias, impulsada y regulada por la
Universidad, mejor que cerebro, corazón de esta vieja ciudad siempre
joven.
No faltará algún
ser timorato que encuentre frívola esta fiesta, en que los
estudiantes alegran su espíritu al mismo tiempo que regocijan el
nuestro, y despejan con la diversión su entendimiento, conformes con
el parecer del Arcipreste:
«Dize un filósofo
en su libro, se nota que pesar e tristeza el engenio embota».
Creo por el
contrario que esta Tuna, es símbolo trascendental. El salmantino
burgués que, recogido en la noche desapacible al abrigo del hogar,
oye el pasacalle de la estudiantina que parece llenar hasta él una
milagrosa sensación de anticipada primavera, debe pensar que estos
jóvenes actúan aquellos refranes tan expresivos del carácter
castellano que aconsejan desafiar el tiempo inclemente y esforzarse
ante la adversidad del medio. Y sobre todo completará el símbolo si
da a la palabra tiempo su acepción moral y medita que en momentos
críticos cuando mayor es la desesperanza y el tedio, estos muchachos
flojos de bolsa, fuertes de ánimo y libres en todos los sentidos de
la palabra libertad, van en compañía de su audaz cronista a sacudir
con su alegría la modorra española y a llevar un saludo optimista
hasta la frontera.
Son representantes
de una generación nueva, diariamente acusada de frivolidad, ausencia
de ideales y apatía. Y no es frivolidad sino conocimiento de la vida
a la que no se debe dar más importancia de la que merece, ni
ausencia de ideales sino propósito de arraigarlos en la tierra en
vez de colgarlos de las nubes, ni apatía sino serenidad para esperar
y hacer cada cosa en su tiempo. Esta generación que sabe trabajar y
divertirse, aventaja a aquella otra plañidera y pedante del noventa
y ocho, y anuncia a nuestro pueblo una vida más alegre, más modesta,
más civilizada y más feliz. A estos escolares de la Tuna, que tan
dignamente la representan, nadie necesitará desembozarles de sus
capas para conocer en ellos a los futuros salvadores de España.
Termino, señores,
mi misión, que no ha sido ni podía ser la anunciada en los
programas. No había por qué presentar a los estudiantes, que tienen
en el público sus familias y sus amigos; de modo que han sido ellos
los que en realidad me presentan a mi esta tarde al público de
Salamanca. En cambio, estoy en mi papel e interpreto de seguro
vuestros deseos si en vuestro nombre y en el mío doy gracias a los
escolares de la Tuna, y muy especialmente a sus presidentas, porque
en el aula libre del Bretón nos explican esta tarde una lección
maravillosa de belleza, de gracia, de jovialidad y de simpatía.
_____
A continuación, el
simpático presidente ve los tunos, don Natalio García Sánchez,
distinguido estudiante de Medicina de nuestra Escuela, dijo una
bella oración, llena de sencillez y de modestia, que fue acogida, al
final, con grandes aplausos.
He aquí las
PALABRAS DEL
PRESIDENTE
Señoras y señores.
Unas cuantas palabras, muy pocas, para saludaros en nombre de la
Tuna que yo presido, para despedirnos de Salamanca con rumbo al
Norte y para anticiparos que lejos de Salamanca, no olvidaremos
nunca que somos salmantinos.
Vamos fuera, como
todos los años, a soñar un poco, a descansar de nuestras tareas
escolares para reanudarlas a la vuelta con mayor brío. Saliendo
fuera de Salamanca se la conoce mejor y se la quiere más. Nosotros,
los tunos, tenemos el orgullo de creer que con la alegría de
nuestros pasacalles llevamos lo mejor que nos queda: el futuro y no
el pasado, la esperanza y no el recuerdo. La Universidad la
representan acaso más los que aprenden que los que enseñan en ella.
Y aunque la
representemos alegremente, como somos en el fondo conscientes y
buenos chicos, sabremos representarla con la dignidad, con el decoro
y con la alteza que corresponden a la elevación de nuestra embajada
y a la calidad del mandato que nosotros mismos nos imponemos.
Y dichas estas
palabras, las acabaría aquí sin nuevos cumplidos, pero el protocolo
de nuestra Tuna me impone ahora el más grato de mis deberes
presidenciales y la más dulce de las cargas que el oficio trae
consigo: el de saludar a nuestras madrinas, rindiéndoles el
acatamiento que merecen por su belleza que todos celebran y por sus
bondades que todos vosotros conocéis. Llevaremos por ahí fuera, por
la ciudad que se acurruca en derredor del Castillo de la Mota, por
la capital de Castilla donde el Cid tomó el camino del destierro,
por Vitoria la triste y por la invicta villa de Bilbao, por todas
partes donde vayamos, llevaremos por ahí fuera, digo, bellísimas
madrinas, el resplandor de vuestros ojos en nuestro corazón y el
acicate de encontraros más guapas, más lindas y más dignas de ser
amadas a la vuelta. Con vuestro nombre por delante, madrinas,
ganaremos batallas como las ganó Don Quijote invocando el nombre de
Dulcinea.
Y en nuestros
pasacalles pondremos – os lo aseguramos desde aquí, con la mayor
solemnidad – nuestras esperanzas mejores y nuestros amores más
callados, los que a vosotras nos atan eternamente, y que nos harán
siempre mozos y siempre muchachos, aun después que las canas hayan
blanqueado nuestras cabezas y los desengaños hayan enfriado nuestros
corazones con las primeras nieves. He dicho.
(Gran ovación).
Las bellísimas
señoritas madrinas de la Tuna, Maruja Maldonado, Conchita Coca y
Leoncia de Diego, que ocupaban una platea, impusieron a la bandera
las preciosas corbatas que para la Tuna han confeccionado.
Enseguida dio
comienzo al concierto.
Los tunos
interpretaron, con gran afinación, «Guitarra mía», pasodoble de Lais;
la serenata «Hacia el ideal», de Ledesma y Pérez; el fox «Haro,
París y Londres», de Miranda; el fado de «Groria Camoens», de
Camarero; todas las composiciones musicales fueron aplaudidísimas.
Enseguida se
representó el entremés en un acto y en prosa, de Melitón González,
titulado «Pelé y Melé», actuando como artistas consumados los
escolares de Medicina señores Orts y Santos.
Comenzó la segunda
parte con la inspiradísima despedida a la Tuna Escolar Salmantina,
poesía original de don Cándido R. Pinilla, que fue leída por el
estudiante de Derecho don J. López Sánchez.
He aquí la
inspirada poesía de nuestro querido poeta.
DESPEDIDA
A LA TUNA ESCOLAR
SALMANTINA
La estudiantina
pasa; desde las rejas
cubrid niñas la calle de frescas rosas;
evoquen sus recuerdos las almas viejas,
las juveniles almas rían gozosas.
Paso a la
Estudiantina, paso a la Tuna
que la ciudad alegra con su alegría;
si no siempre con ella va la fortuna,
el amor busca siempre su compañía.
Gallardos
estudiantes de Salamanca:
estrechamente juntos id donde quiera,
que no habrá puerta alguna que no halléis franca,
como el amado huésped a quien se espera.
No habrá reja
ninguna que no se abra
y tras la cual temblando de gozo acaso,
no oiga una niña el beso de una palabra
que algún «tuno» galante le lance al paso.
Semejantes a
aquellos bravos sopistas
cuya memoria nadie desdeñar debe,
un poco aventureros, un poco artistas,
id donde algún impulso de amor os lleve.
Vestidos a la
usanza de los de antaño,
ni hacéis así al pasado ningún ultraje,
ni ese indumento oculta ningún engaño:
vuestra alma es siempre moza, si viejo el traje.
Bajo esas viejas
capas de airosos vuelos,
hay más bien que recuerdos y que añoranzas,
un tesoro escondido de hondos anhelos,
un mundo de ilusiones y de esperanzas.
Y al son de las
guitarras y los panderos
que vuestras manos tañen con maestría,
caminos y ciudades cruzan ligeros,
llevando a todas partes vuestra alegría.
Visitad esas
tierras y esas ciudades
que lejanas y ricas son españolas,
y de la mar presencian las tempestades
y cuyos dulces sueños mecen las olas.
Y esa ciudad
cercana cuya alta gloria
se cifra en ser la cuna del caballero
que dejó bien escrita su ejecutoria
en las páginas de oro del romancero.
Que al oírse los
ecos nunca apagados
de la Tuna que alegre pasa y ligera,
veréis cómo surgiendo de todos lados
han de seguir le gente vuestra carrera.
Y se abrirán las
rejas y los balcones,
y sonarán los aires batir de palmas,
que hambre de amor padecen los corazones,
y de ilusión sedienta están las almas.
Y enfermo de
tristeza se halla al presente
el mundo que su propio remedio ansía,
y que sólo lo encuentra, sólo lo siente
al contacto de vuestra dulce alegría.
Gloriosos
estudiantes de Salamanca
para quienes el mundo siempre es pequeño
y a los que de sus frías aulas arranca
la inquietud del espíritu que ama el ensueño.
Llevad lejos el
nombre de vuestra Escuela
cuya gloria fue en tiempos el sol de España;
Salamanca que hoy otros triunfos anhela,
siguiendo vuestros pasos os acompaña.
Haced de su
recuerdo la clara estrella
que señale y alumbre vuestro camino;
hablad en todas partes de ella y por ella,
que no es otro sin duda vuestro destino.
Y tornad a su
seno, como a su nido
las aves que a las veces vuelan distantes,
que si alma de la patria la suya ha sido,
alma son de su alma los estudiantes.
Cándido R. Pinilla.
Grandes aplausos coronaron la lectura de tan
hermosos, inspirados y preciosos versos.
El cronista
honorario de la Tuna, Pepe Sánchez Rojas, que apareció en el
proscenio con la capa de tuno, fue acogido con una calurosa salva de
aplausos.
Hecho un silencio
religioso, Pepe Sánchez Rojas leyó, con la maestría con que él sabe
hacerlo, esta deliciosa y picante y melancólica crónica, donde,
entre burlas y veras, hay delicados recuerdos y pensamientos llenos
de profundidad y de belleza.
He aquí la crónica
de Sánchez Rojas:
CRONICA DE TUNOS
Tunos somos, señoras y señores; tunos seremos. En
estos tiempos tristes que corren de trincheras, y de trabillas, y de
corbatas microscópicas, y de pantalones anchos para los menesteres
del fox, el título de tuno nos aleja para siempre de la bobería y de
la sandez ambientes. Nos gustan mucho los libros, pero nos deleitan
más las mujeres. Nos place el silencio de las aulas, pero nos
enhechiza más el corazón el quedo rumor de pasos a la vera de una
ventana.
Entre los sabios y
las bellas, a las bellas preferimos, que tunos somos y tunos
seremos, hoy y mañana, ahora con nuestras capas airosas y nuestros
sombreros de cuchara, mañana con nuestras mucetas doctorales, con
nuestras blusas y guantes de operadores o con nuestras togas
fúnebres de leguleyos.
Somos estudiantes,
es decir: cucharones de la ciencia, sopistas del sabroso condumio
del saber, aprendices de la vida que tiene más complejidades que el
amor tardío de una jamona crepuscular. Seremos estudiantes siempre.
Nos importa más aprender las cosas, familiarizarnos con ellas,
arañar sus secretos y descubrir sus encantos ocultos, que creemos en
posesión de la verdad, predicarla «ex cathedra» y no tolerar
polémicas ni contradicciones en derredor de nuestros asertos.
No aspiramos a ser
maestros, porque, en verdad, en verdad os digo, que no conocemos
otro que aquel que arrancó su Ciencia descubriendo fariseos en los
templos y cantando las bienaventuranzas de los humildes y los pobres
de corazón en el sermón de la Montaña.
La ciencia, toda
la ciencia del hombre que es hombre, y del muchacho que es muchacho,
arranca de la fuente inagotable del corazón, del manantial eterno de
nuestros sueños, de nuestras ilusiones y de nuestras esperanzas.
Ya nos lo dijo
el otro maestro, el querido maestro ausente, cuyo espíritu está
presente y bien presente en la fiesta de esta noche.
Cuando canta del
Padre Espiritual de nuestra Escuela sus amores con la ciudad, entre
cuyas piedras de oro,
aprendieron a
amar los estudiantes
y evoca los
nombres de Teresa, y de Soledad, y de Mercedes, y de Concha, y de
Pura, y de Lola,
nombres que
fueron miel para los labios,
brasa en el
pecho,
brasa encendida
que quema y enardece, sí, pero que refresca el espíritu, cuando
después del sueño, unimos a la primera luz del alba el fulgor de los
ojos que nos alumbran el sendero de la vida, el maestro nos dice que
la fuerte de la sabiduría es la mujer.
Y es
natural que así sea, señoras y señores, porque ella es la vida, toda
la vida, la que nos perpetúa y nos mata, la que nos da la eternidad
y nos familiariza con lo contingente y con lo efímera. El mismo
Jesús, con ser hijo de Dios, quiere nacer del vientre de una mujer,
de María, santificando y consagrando el amor de hombre a mujer y de
mujer a hombre. Y es ella, la mujer, la que dicta a los hombres de
pensamientos, que son los hijos temblorosos y emocionados del dolor,
padre de las ideas fecundas que agitan a los seres.
Tunos somos,
señoras y señores; tunos seremos. Tunos seremos siempre, siempre,
antes que bobos, antes que arrivistas y antes que aliados de la
frescura, de la desvergüenza, de la impostura y de la falsa
cordialidad que se han apoderado y adueñado del mundo. Nuestra
juventud no entiende, no quiere ni puede entender de respetos a
escalafones y a jerarquías.
Hijos de nuestro
siglo, a él nos abandonamos enteramente y por completo. Si no
seguimos una senda, es porque no queremos renunciar a todas las
demás; si no nos aferramos a una sola idea, es porque nos place
gustarlas todas, que todas, como he dicho antes, son hijas del
dolor.
Y para concluir yo,
tuno viejo, un poco melancólico y añoso ya, gustador de todos los
placeres, devoto de todos los cultos y catador ¡ay! de dolores
escondidos y callados que solo Dios y yo sabemos, quiero dirigir
unas palabras de emoción velada y discreta, la que corresponde a mis
años, a las lindísimas muchachas que hoy nos honran presidiendo esta
fiesta.
Preferid, niñas,
los tunos a los bobos. Los bobos son siempre groseros y se entienden
mejor que con vuestros ojos y vuestro palmito, con las gavetas de
vuestros padres y con el número y la calidad de vuestros terrores.
Buscad en vuestro
compañero de mañana antes la inexperiencia del mozo que la fría
reflexión del cazurro. No les consintáis que pierdan con el cálculo
la frescura de la mañana de su vida. «El que pierde la mañana – y ya
termino con esta bella sentencia de los Libros Sagrados – pierde el
día; quien pierde la juventud, pierde la vida».
He dicho.
Una delirante, una
clamorosa ovación premió la bellísima lectura. El señor Sánchez
Rojas tiene que presentarse varias veces en el escenario para
recoger los plácemes y aplausos del público, subyugado por tan
preciosa crónica.
La Tuna volvió a
tocar bellas piezas. El pasodoble de Bernalt, «Todos aprobados», el
tango de España «Adiós a la vida» y la jota de Serrano, «El trust de
los tenorios».
Y como fin de
fiesta, se puso en escena el juguete cómico de José Clavero y
Antonio J. Onieva, «Cosas de estudiantes», interpretado por los
señores García Sánchez, García Garrote, Sánchez Vicente, Rodríguez
Orts, García y Polo, que escucharan grandes y nutridos aplauso por
su labor.
LA CONCURRENCIA
Realzando con su
presencia la hermosa fiesta, vimos, entre otras, a las respetables
señoras y distinguidas señoritas de González Ubierna, de Avila,
Maldonado, Esperabé, Coca, Fernández Dans, Hernández Wright, Sánchez
Romo, Vargas, De Negrón, Serviá, Urech, León Muñíz, Redondo, Angoso,
Borreguero, Sáenz, Pérez Núñez, Llauradó Núñez.
Infante, Méndez,
Berrueta, Moneo, Santiago Mirat, Sánchez Mesonero Moyano, García
Blanco, Domínguez Zaballa, Argüeso, Ambrosio, Población, Pierna,
Sexma, Castro, Ramos, Cascón, Téllez, Reymundo, Lozano, Veiga,
Santos, González Rica y muchas más que sentimos no recordar.