|
|

Autor:
U. Domínguez Díaz.
Título: LETRAS SALMANTINAS.
NOCHE DE RONDA.
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
El Adelanto.
Fecha:
Domingo, 7 de agosto de 1927,
p. 3.
Fue hace unas noches, allá, en la vieja villa
ducal de Alba de Tormes, cuando los mozos salieron a rondar a las niñas
soñadoras, con guitarras y bandurrias, pitos y flautas, acordeones y
panderos. Formaban la rondalla estudiantes de Medicina y Derecho, que
descansan en la quietud monástica de la villa de las tareas escolares, y
jóvenes trabajadores que hicieron un alto en las rudas y penosas faenas
de la recolección, abandonando hacinas y gavillas, trillos y parvas.
Era la noche de un sábado, y el cielo estaba
estrellado y tan claro, que, al contemplarle, parecía hecho de cristal.
Pocos momentos hacía que los serenos habían cantado las once, cuando la
juventud del pueblo, con la alegría cascabelera de sus años moceros,
llegó conglomerada a la Plaza Mayor. Los rondadores desenfundaron y
templaron sus instrumentos musicales cerca de las farolas centrales y la
bella canción de las lagarteranas de «El Huésped del Sevillano» rompió
el silencio aldeano, ese augusto silencio que impera cuando los cuerpos
duermen y las almas sueñan, religioso silencio, silencio santo...
Rodearon a los jóvenes músicos un enjambre de
muchachos y varios grupos de curiosos trasnochadores, que aplaudieron y
vitorearon cuando la primera sonata fué terminada. Ya la ronda estaba en
la calle y era esperada con amorosa ansiedad por todas y cada una de las
lindas nenas de la villa. Escondidas detrás de las cerradas ventanas,
gustarán de oír las dulces endechas, las suaves romanzas, esas coplas de
la gente moza que son luz, ilusión, para las almas buenas que,
despiertas, sueñan.
¡Noche de ronda en Castilla! ¡Noche de íntimo
regocijo, de fraternal expansión, perpetuada a través de los tiempos y
de las generaciones; nadie del pueblo duerme; todos velan y muchos
cantan! ¡Bendita sea la juventud que en esta noche de serenata, con sus
cánticos y con sus risas, con sus arpegios y sus tonadas, encienden la
sangre de las bien amadas, igual que hace el sol con la savia de los
rojos y sangrientos claveles reventones!
Adorables muñequitas: hasta vosotras llegaron los
galanes rondadores a arrullaros con sus trovas, a deciros los sonetos
más floridos, su más bellos madrigales y, tal vez, a despertaros en
vuestros pechos ese dulce sentimiento, por muchos conocido y por pocos
sentido, ese sentimiento que se llama el Amor. Escuchad su voz, que es
clara, armoniosa y pausada como el hilo del agua de una fuente que
cayera en taza de marfil, que es severa y majestuosa, como una salmodia
tímidamente pulsada sobre un teclado de cristal.
Los estudiantes recorrieron tortuosas calles y
polvorientas carreteras, cantando, tocando y dando vivas a Alba de
Tormes, y así fueron del Torreón al Castillo, dejando a las mozas
rondadas sus corazones palpitantes como el de las golondrinas en el
momento de caer prisioneras en el lazo engañador.
Interin llegó el epílogo de esta noche venturosa
– para mí toledana – acude a nuestra imaginación las remembranzas de
aquellos trovadores y juglares que de Provenza a España llegaron un día,
pulsando sus vihuelas y sus laúdes, y diciendo sus amores, sus
esperanzas, sus quereres, los besos de sus almas, ante los palacios y
castillos habitados por damas y damiselas que empalidecían detrás de los
vitrales al oír las arias y sonatinas, porque eran sus pechos tiernos y
sensitivos como las violetas de la montaña inmaculados y puros como los
lirios del valle.
Entre aquellos trovadores y estos juglares, no
hay mucha diferencia; si acaso, si acaso, que aquellos cantores nunca
aspiraron dos veces el aroma de una flor. Caminaban sin atrás mirar,
aunque al borde de los encogidos senderos quedaran las flores marchitas,
enfermas, heridas de muerte, sin savia y sin perfume, sin estos encantos
que dan belleza, dulzura y colorido a las flores de los jardines de las
mansiones señoriales. En cambio, estos jóvenes poetas y rondadores, se
detienen delante de las rejas de torcidos y labrados hierros, y de noche
y de día dicen, recogidos, una vez y otra ciento, palabras bellas y
armoniosas, palabras de amor, que son perfume para las almas, que son
poesía para el vivir.
Apenas despuntó la aurora, la juventud albense,
después de volver a la Plaza Mayor, cantar y bailar, se retiró a
descansar. Un trovador, acariciado por los primeros rayos del sol
estival, terciado su guitarrilla a la espalda, abandonó la villa y se
perdió en el llano. Iba contento y ligero; sin duda en busca de alguna
princesita de frente pura y guedejas rubias, levantada con el primer
albor del día, que le dijera: Detente en tu camino, errante y versátil
trovador, descansa trovero de mi vida, cancionero de mi amor...
¡Feliz tú, juglar, galán rondador, si al fin del
angosto sendero encontrastes a tu buena amada apoyada en el alfeizar del
ventanal, y en ella hallastes, durante los días de sol y las noches de
luna, quietud y sosiego, maciza suerte y cariño sincero! ¡Dichosita
también, tú, princesina de frente pura y guedejas rubias, si en las
noches de luna y en los días de sol has tenido la dicha de poseer a tu
lado un poeta que te tejiera preciosos sonetos preciosos y trovas
galanas en las horas alegres y en las horas torvas, cuando se ríe y
cuando se llora!
Noche de ronda en Castilla. Noche serena en que
aparecía el fanal celeste lleno de cuerpos estelares, nebulosas y
conglomerados. Las inquietas estrellitas parecían preguntar, inquerir,
interrogar cosas que responderles nadie puede. Noche castellana, que me
has hecho vivir algunas páginas de nuestra áurea historia al evocar
troveros y juglares, princesitas y doncellas, cuyas galantes vidas se
presentan mezcladas, confundidas con las épicas hazañas del Cid
Campeador, valiente guerrero, esforzado adalid.
¡Venturosas sean siempre estas noche de ronda,
porque en ellas los estudiantes y los mozos se holgan en poner flores y
ramos en los balcones y ventanas de sus novias, con el mismo aire
predestinado que debieran tener Larra y Espronceda en sus mocedades,
cuando sólo contaban veinte años! ¡Noche de rondalla, noche toledana, en
que escucharse parece los ruidos de las espadas del marqués de Villena y
Gonzalo de Córdoba, y la oración pagana de Enrique IV!
¡Estudiantes y novias; canciones y amores;
laberínticas callejuelas y plazas solitarias; severos conventos y graves
campanas! ¡Todavía se respiran, afortunadamente, en las ciudades y
aldeas castellanas sahumerios de los siglos pasados en que parece haber
vivido otra distinta, robusta raza...!
U. Domínguez Díaz.
Béjar y Agosto de 1927.
____
NOTA: Artículo
procedente de investigación original inscrita con el número SA-120-02 en
el Registro de la Propiedad Intelectual. La presente edición ha sido
normalizada y corregida para evitar el uso no autorizado de la misma.
Todos los derechos reservados.
|
|