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Autor:
Ángel Moisés.
Título: MOTIVOS DE LA CIUDAD.
PASA LA TUNA…
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
La Gaceta Regional.
Fecha:
Miércoles, 1 de febrero de 1928,
p. 2.
No es la tuna chillona de las capas negras, de los
instrumentos bonitos, de los jóvenes garbosos.
No es la tuna de la banderita con cintas de colores, la tuna
de promesas juveniles.
No es la tuna de las capas negras, no es la tuna estudiantil
la que pasa...
Es otra tuna más menuda, menos compacta, menos armónica,
menos chillona.
Pasa la tuna... Hay risas comentarios, hay hasta sonidos
nada gratos al oído.
Se cuchichea, se ríe, se alborota y, mientras, pasa la tuna
que forman unos pequeñuelos, unos chiquillos, unos pajaritos infantiles
que gorjean de modo diferente, que chillan al dar los primeros pasos por
la vida.
Van alegres; el abanderado, un pequeño hombrecito,
orgulloso, simpático, con la sonrisa en los labios, va abriendo la
marcha.
Le suceden dos filas de muñequitos graciosos con panderetas,
con hierros, con violines y guitarras de juguete: se los trajeron los
Reyes Magos, los usaron unos días y, cuando ya los tenían retirados de
sus juegos, pasó por las calles de la ciudad la tuna de las capas
negras.
Ellos, los pequeños, al igual que los mayores, tuvieron sus
reuniones. Reuníanse en la calle, a plena luz, sin voces, sin mando, sin
ideas fijas.
Se formó la tuna infantil. El barrio, antes lleno de voces
infantiles, de alborotos ingenuos, de riñas leves, se tornó escenario
musical.
Y el barrio de los pequeños escuchó los primeros conciertos
de la tuna en formación.
Vinieron otros pequeños de otros barrios. Ingresaron todos
en la nueva agrupación musical y un buen día, mejor, una tarde,
declinando el sol, la ciudad ya alumbrada por la luz artificial, los
pequeños músicos, con su bandera pequeña, con sus juguetes sonoros,
invadieron las calles en la noche.
Se formaron grupos, se rió la gracia de los niños, y ellos,
en plan de hombrecitos serios siguieron paseando al par que tocaban que
daban serenatas al transeúnte pacífico, que estimó alegre y simpática la
tuna de pequeños.
Todas las tardes, al atardecer se reúnen los niños en el
mercado de sus juegos.
No llevan capas negras, no tienen presidentas a quienes
obsequiar, ni sitio fijo donde dar serenatas. Y sin embargo, la cuerda
de pequeñuelos se forma, y camina y toca y alegra la ciudad en esas
horas tristes del atardecer castellano, en esa hora en que se cierran
los comercios, y la ciudad calla para dormir, para descansar, para
pasear.
¡Qué lindos los niños y qué bonita la tuna infantil!
Una sonrisa en los labios, unos juguetes sobre sus hombros y
en sus manos, y un caminar serio y grave cuando caminan en funciones de
tunos
Miradles: ya pasan los pequeños tunos.
Aplaudámosles. Van caminando en pos de ilusiones.
Llevan la gracia de los pocos años y la fe del éxito.
¿Quién con ese bagaje no se hace simpático?
La tuna infantil ha traído a la ciudad horas alegres, horas
dulces, reposadas, solemnes, plácidas, horas de niños, horas que pasan
dejando en los mayores un motivo de pensar en lo que se fue.
Pasa la tuna... la tuna de infantes. ¿No os da alegría el
ver esa unión de los pequeños?
Sonrisas, niños, juguetes; he ahí la vida que empieza.
ANGEL MOISÉS
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NOTA: Artículo
procedente de investigación original inscrita con el número SA-120-02 en
el Registro de la Propiedad Intelectual. La presente edición ha sido
normalizada y corregida para evitar el uso no autorizado de la misma.
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