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Autor:
Pedro del Valle.
Título:
PLANA LITERARIA DE EL ADELANTO.
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
El Adelanto.
Fecha:
Lunes, 10 de marzo de 1902,
p. 3.
CRÓNICA
“¡Cómo cambean los tiempos!…” dice el chulo
filósofo del sainete. Y, la verdad es… que tiene razón.
Una de las cosas que más ha ido cambiando, ya de
largo tiempo a esta parte, es la clase escolar. No hay nada que me
excite más que oír decir a algunos con tono plañidero: “¡Oh, los
estudiantes de ahora, que diferencia de los de antaño!
Aquéllos, aquéllos sí que eran buenos estudiantes…” ¡Ya lo creo
que hay diferencia! Pero, en favor de los de ahora. ¿Qué sabían,
en qué se ocupaban los tunos de otros tiempos? Pues sabían de
memoria a Aristóteles y a Heinecio, aprendían muchas humanidades,
eran unos lógicos y ergotistas de primera y… nada más. La política, es
decir, el gobierno y la dirección de los pueblos, no les quitaba el
sueño; las cuestiones sociales, para ellos no existían; y, el problema
obrero, ese de los desheredados de la tierra, les importaba mucho menos
que su guitarra, su violín, su flauta y su sopa boba.
¡Parece mentira que siendo tan alegres, tan
bromistas y tan ingeniosos requebradores de niñas guapas, usasen unos
trajes tan austeros! No se comprende que aquellos muchachos, vestidos
con amplias capas, sucias y raídas, y con más grasa en los bonetes que
la que en sus refacciones le daba la patrona, de San Lucas a San
Fernando, cometieron aquellas diabluras que tan célebres y tan
“zarzuelescos” les han hecho. ¡También los de ahora corren sus
juerguecitas… Pero, justo es decirlo, menos ruidosas y con mucha
menos gracia. Todos los años por Carnaval, resucitan las estudiantinas
de entonces e imitan o imitar quieren a sus antepasados, y se ponen
manteo, no sucio y raído, sino elegantísimo, y un gracioso tricornio con
su cuchara al lado. Pero no la cuchara de peltre o de Pedro Bernardo,
con la que los otros engullían las sobras de los pródigos
conventos, sino una monísima cucharilla de marfil, sujeta con lazos de
colores… Tres días recorrían antes sus propias poblaciones vestidos de
ese modo, sin soltar la guitarra, cantando coplas a sus “Julietas”,
bebiendo copas y fumando sendos puros. Ahora ya no se conforman con eso.
Necesitan cada día más espacio; todo les viene estrecho, y, gracias al
ferrocarril y a las rebajas de tarifa, en cuanto se anuncia el Carnaval,
descuelgan o se confeccionan sus trajes de tunos y se van con la
música… en busca de una pulmonía al vecino reino.
Los estudiantes de ahora saben más cosas
que los sopistas de otros tiempos. Tienen más cultura (palabra,
esta última, que ni siquiera conocían aquellos), aún cuando a veces ¡ay!
es cultura superficial y falsa. Los de antaño no leían o leían muy poco,
si no era en sus mamotretos. Novelas, las de Justiniano, y pare usted de
contar. Los de ogaño leen bastante y algunos hasta mucho, pero los hay
de cerebro tan estrecho, o tan mal conformado, que digieren mal sus
lecturas, y de ahí tanta necedad y pedantería irresistibles. Los de
antaño hacían correr detrás de ellos a los esbirros o rondas de pan
y huevo, vara en mano, porque habían azotado a una pobre mujer o habían
incendiado una casa de miserable barrio… Los de ahora no solo
hacen correr a los pacíficos esbirros de estos tiempos, los “de la
vuelta a la manzana”, sino que hacen salir la tropa armada hasta los
dientes, pero no por una chusqueza tan poco humana, a pesar de sus
humanidades, sino porque ayudan a sus hermanos los obreros, en la lucha
con sus explotadores.
Los de ahora piden justicia y libertad para
todos, arrostrando hasta la vida. Ellos son los iniciadores de todos los
motines.
Véase, si no, lo que dicen estos días los
periódicos hablando de Rusia. Estudiantes de ¡ambos sexos! se
dejan matar allí por los cosacos gritando: “¡Viva la justicia! ¡Viva la
libertad!” Es inicuo que se les trate de esa manera, porque no es el
obrero inculto, el analfabeto, el que da esos gritos, no. Son los
hombres de mañana son los que traen ideas de regeneración (¡uff!) porque
han leído mucho y han pensado más. Sacrifican sus vidas en flor por los
infelices trabajadores que no saben pedir ni pensar, y eso… eso es muy
hermoso.
Los de ahora hacen más, muchas más cosas
que los de antaño: Han creado “Uniones Escolares”, redactan
periódicos, llevan su granito de arena a todas las cuestiones, lo mismo
políticas que sociológicas. Tienen locales donde se reúnen... y en los
que no se dan todas las conferencias que debieran darse… En cambio,
justo es consignarlo también, se juega más que se discute y se
lee…
Los tunos de otros tiempos, esos de que
suelen hablar a sus polluelos todos los papás chapados a la antigua, no
acertaron a desprenderse de una mijita de su sabiduría para trasmitirla a otras clases humildes; los de ahora, los que solo son tunos de
Carnaval, suelen dedicarse, con nobilísimo intento, acaso no bien loado
todavía, a enseñar lo que saben a los obreros que quieren aprenderlo
(por desgracia, bien pocos en algunas poblaciones que el lector y yo
conocemos), siendo un espectáculo muy consolador, y hasta bello,
estéticamente, ver al pulcro, al atildado estudiante de ahora,
estrechar fraternalmente la mano encallida por el rudo trabajo.
Los de antaño…
Pero basta de paralelo, pues se va a decir y no
es cierto, en Dios y en mi ánima, que escribo para lelos.
PEDRO DEL VALLE.
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NOTA: Artículo
procedente de investigación original inscrita con el número SA-120-02 en
el Registro de la Propiedad Intelectual. La presente edición ha sido
normalizada y corregida para evitar el uso no autorizado de la misma.
Todos los derechos reservados.
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