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Autor:
Mariano de Santiago Cividanes.
Título: PARA LA TUNA DE HOY.
TRETAS DE CAPIGORRONES Y ESTUDIANTES DE
LA TUNA.
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
El Adelanto.
Fecha:
Miércoles, 11 de enero de 1928,
p. 4.
No todos los estudiantes de la Atenas española eran aquellos
generosos, de matrícula aparte, que tenían casa puesta con ayos y
mayordomos y mula con dos gualdrapas para “ruar”.
Ni tampoco caballeros de Santiago con su cruz alagartada al
pecho o de las órdenes de Calatrava y Alcántara. Ni otros de grandes
hopalandas y zapatos de hebilla de plata que habían obtenido beca en los
famosos Colegios Mayores, que era sinónimo de ocupar después pingües
canongías o formar parte en los consejos de Castilla o Virreinatos de
las Indias. Ni tampoco plazas en los colegios de gramática como los de
beca verde del colegio de San Pelayo o de los Huerfanitos, de los
hábitos blancos, cuya variedad daba ocasión a que el pueblo salmantino,
siempre agudo y mordaz, los designara con el apodo de “Grullos, a los
Bernardos; golondrinas, a los dominicos, y verderones, a los de los
verdes; había, y estos eran el mayor número, que vivían al amparo de los
ricos y éstos eran los porcionistas de los Colegios que hacían los
recados y comían sus sobras, los sopistas, mantenidos a expensas de la
“bazofia” y sopa de los ricos conventos y los mendicantes, que pedían
limosna por los pueblos, sólo con vestir la sotana o “loba” del estudio
y ensartar cuatro latines; a estos había que añadir los capigorrones,
llamados así por usar gorra, signo de servidumbre, que si durante el
curso acompañaban a los generosos llevando libro y “vademécum” en las
vacaciones, con su vihuela y pandereta recorrían las aldeas para llenar
sus vacíos estómago en las posadas pueblerinas y en las casas
rectorales, sin que fuera obstáculo de robar las despensas y alforjas de
los trajinantes, si ocasión propicia para ello se presentaba.
No debían pasarlo mal en aquellos tiempos, en que comenzando
el curso con el paseo del Rector, a quien acompañaban a jurar el cargo y
luego salían procesionalmente con el Rector elegido por los consiliarios
representantes de las Naciones (Regiones), llevando cubierto su emblema
en un cartel que era el de la espiga, los de tierras de Campos; los
extremeños, el chorizo, y la botella, los riojanos; paseo que terminaba
con broncas y algazaras por si la espiga era superior a la botella,
reyertas que pagaban tenderos y ambulantes de fruta derramada por el
alboroto estudiantil, cuyo gasto pagaba el Rector, estudiante que
denominaban magnífico y era casi siempre de las casas de Benavente,
Altamira, Moscoso y Olivares.
A estas fiestas seguían la del Obispillo, Vítores y
Doctorados, con pompa, con sus corridas en la plaza de nueve toros.
Las tretas clásicas de los que vivían a la briba, eran
hurtar jarras de monjas en los conventos, en cuyo torno tenían jarra
para apagar la sed. Correr o relatar un pastel con un pincho puesto en
una vara; dar garrote a las arcas de los novatos que, traían jamones y
cecina de sus pueblos y dar trato a los mismos si no pagaban la patente.
A veces se servían de un gato al que metían atado en la
despensa de la patrona para hurtar los chorizos.
Hoy el estudiante de la Tuna se ha ennoblecido, hasta el
punto que estudiantes de buenas familias que asisten a las clases todos
los días en semanas anteriores al Carnaval, dejan sus voluminosos textos
por recorrer con gallardía y gentileza las calles de la ciudad, sacando
briosas notas de su guitarra, tocados de sus negros trajes de
terciopelo, siendo envidia de sus damas, que endulzan sus penas en sus
rejas y los ven pasar tras de los cristales, teniendo brasa en el
corazón y brillo en sus ojos de enamorados que dan envidia a los
diamantinos los luceros de las noches de helada.
Y cuando abandonan la ciudad de sus cuitas y amores, llevan
con el cascabeleo de sus hierros y panderetas, aires de juventud, de los
que abandonaron por unos días las aulas para volver a estudiar el
Código, o una Historia clínica, no sin haber dejado algún recuerdo
imborrable entre las provincianas a quienes mintiendo amores, dijeron
dulces palabras o juraron eternas promesas, a que siempre están pronto
los que tienen sangre moza en sus venas y la vida se les ha mostrado
fácil y bella, como un curso que comienza en Otoño y termina en el mes
matizado de flores.
MARIANO DE SANTIAGO CIVIDANES
Salamanca.
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NOTA: Artículo
procedente de investigación original inscrita con el número SA-120-02 en
el Registro de la Propiedad Intelectual. La presente edición ha sido
normalizada y corregida para evitar el uso no autorizado de la misma.
Todos los derechos reservados.
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