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Autor:
M. García Blanco.
Título: LA TUNA UNIVERSITARIA.
VALORES EN TRAYECTORIA.
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
La Gaceta Regional.
Fecha:
Viernes, 20 de enero de 1928,
p. 1.
Todos los años, al llegar ésta época, se deja oír el
bordoneo de las guitarras estudiantiles. La algarada todo lo llena, y
entre sus estridencia se encrespa de nuevo el mar de los tópicos
inevitables.
Admirable deseo este que apiña a nuestra juventud
universitaria, con ánimos de restaurar una tradición. Idea simpática la
de estos muchachos animosos que desde principio de año se lanzan,
persistentes y convencidos, a llevar a la ciudad notas de alegría.
Para lograr un mayor efecto, adornan su persona con el
escolar indumento. Larga capa negra y rizada gorguera que asoma velada,
ya, junto al rostro. Quien los ve desfilar por nuestras calles, remoza
su emocionario con la más florida y añorante de sus sonrisas.
Así vistas las cosas, el poder de evocación, de este grupo
universitario-musical, es casi perfecto. En su trayectoria por las
provincias de España llevarán flotante – como el airón de cintas
chillonas de sus guitarras – un recuerdo de la Salamanca universitaria y
perenne. Tejerán madrigales, urdirán galanuras, harán florida gala de su
mozo brío, al cobijo de su condición de estudiantes de la famosa.
Pero, sinceramente lo creemos, es preciso algo más. La
trayectoria en las ciudades y los campos, no hurta espacio a la
trayectoria en el tiempo, y es preciso volver los ojos a aquél.
Las tunas universitarias de hoy guardan una tradición, pero
su acervo se nutre del picarismo del capigorrón de loba y manteo, de
pardo sayo de paño veintidoseno, de confianzudo coloquio con arrieros y
trajinantes. Esta estela picaresca pervive hoy en las aulas, como se
mantiene en las letras y aún en la vida pública, tejido sobre el
cañamazo de la cuquería y el ingenio.
Hasta la tendencia al modelo de indumentaria adoptado lo
pregonan. La cuchara del sopista luce como cimera en el casco de hoy,
aunque el espíritu sea distinto, pues la vida cambia.
Mantienen, pues, nuestros tunos, la tradición de los
estudiantes de otros tiempos en este su nomadismo andariego y en esta su
nota de simpática alegría.
Pero, como decíamos, se precisa algo más. Lo primero, que el
carácter ocasional de su grupo desaparezca, y unidos siempre, con la
excepción de los paréntesis de holganza académica, den la sensación de
agrupación decidida, en la que el arte tuviera lugar primordial y noble
sede.
Que los entusiasmos que hoy se ponen a contribución
circunstancialmente, se mantengan siempre y a la sombra de ellos, podría
un tiempo nacer, un nutrido coro de leales que fueran gala de la clase
estudiantil. Coral, orfeón, orquesta, lo que sea, pero algo que plasme
una inquietud, donde la música jocunda de pasacalle fuera del brazo del
himno solemne o la marcha triunfal. Música de abolengo junto a la
banalidad del día.
Como los estudiantes alemanes, los nuestros podrían mantener
sus agrupaciones con solo aunar dispersos entusiasmos efectistas. Y como
en los “Kucipes” germánicos, se reverdecerían viejos cantos escolares,
perdidos hoy en cancioneros y cartapacios sin provecho de nadie.
El deseo que exponemos será quizá ambicioso, pero
inmejorable. Como dictado por un afecto leal a los estudiantes de la
tuna universitaria.
M. García Blanco
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NOTA: Artículo
procedente de investigación original inscrita con el número SA-120-02 en
el Registro de la Propiedad Intelectual. La presente edición ha sido
normalizada y corregida para evitar el uso no autorizado de la misma.
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