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Autor:
Arsenio González Huebra.
Título:
VIAJE DE LA TUNA A PORTUGAL IX.
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
El Adelanto.
Fecha:
Viernes, 14 de marzo de 1890, p. 1.
Concierto en Príncipe
Real.- Un nuevo triunfo de la Tuna.- Al palacio de Cristal.
Todos los tunos, efecto de su imaginación
meridional, creyeron que la tarjeta que insertaba en mi anterior
artículo, era el principio de una aventura; pero yo no dí importancia al
hecho y seguí abriendo la correspondencia, entre la que recibí una carta
del presidente honorario de la Tuna, señor Kopke de Carbalho,
dándome traslado de un acuerdo del Consejo de Administración de la
Beira Alta, por el cual se hacía a la Tuna la concesión de un
60 por 100 de rebaja en los precios ordinarios de aquel ferrocarril.
Nuevo motivo de gratitud para dicho señor, que me complazco en hacer
público.
A las siete y media próximamente salimos del
hotel, y en formación y tocando un pasa-calle, nos dirigimos al teatro
Príncipe Real, donde dábamos el primer concierto.
Este coliseo es el segundo de Oporto en
dimensiones y decorado; tiene bastantes sillas; una grada debajo de los
palcos principales y tres galerías de palcos, que le dan un aspecto muy
agradable.
Estaba Príncipe Real atestado de espectadores,
pues desde media tarde se habían cerrado los despachos por la falta de
billetes: los revendedores habían hecho un bonito asunto.
La Tuna se colocó en sillas que formaban
un semicírculo, cuyo centro ocupaba San Eustaquio, de pie y con la
batuta en la mano. Al levantarse el telón, una tempestad de aplausos y
atronadores vivas saludó a la estudiantina española, que tan pronto como
terminó aquel saludo, empezó a ejecutar el concierto, siendo cada uno de
sus números objeto de una ovación calurosa e indescriptible, de la que
formaban parte las flores que caían en abundancia a los pies de los
tunos.
Al terminar la primera parte del concierto, el
público, que ya me conocía por la prensa portuense, me llamó con
insistencia, teniendo que presentarme forzosamente al público que me
llamaba. Los periodistas primero y después el público en general, me
pidió que hablase, lo cual hice con gusto para desvanecer un error del
que habían llegado a mí algunos aunque tibios rumores.
Había un precedente perjudicial para las Tunas
cual era el de haber ido a Portugal en cierta ocasión una Tuna
falsificada; pues se componía toda de artesanos, que con los trajes
escolares habían recorrido algunas poblaciones del vecino reino, no sé
yó si por pasatiempo o por explotación. Yo, para desvanecer en la
opinión pública cualquiera sospecha de aquella índole, justifiqué a la
Tuna afirmando que era auténtica y genuina representación del
cuerpo escolar salmantino, lo cual podía demostrar con documentos
oficiales y particulares.
Este exordio causó un efecto magnífico y parece
que unió con lazos más estrechos al espectador con el espectáculo.
Después dije que Oporto era una ciudad puramente comercial, pero que la
frialdad del cálculo y la rigidez de los guarismos, no enfriaban en
Portugal los sentimientos de la patria, ni de la familia, ni de la
amistad. No se parece este comercio, dije, al mercantilismo británico
que todo lo pospone al lucro. En medio calurosos aplausos que desde
luego atribuyo a la caballerosidad y galantería portuguesa, hablé diez
minutos próximamente recibiendo al final inmerecidas felicitaciones,
muchas camelias y un precioso ramo de violetas, con el que obsequié a
una señora que ocupaba una platea de proscenio. (Aquel concierto estaba
dedicado a las excelentísimas damas portuenses.)
En el intermedio fui presentado al tenor de aquel
coliseo don Eugenio Oyanguren, español, que estuvo conmigo obsequioso en
extremo, y recibí la visita de varios periodistas y otros caballeros,
entre los que recuerdo al señor A d’ Andrade, caballero portugués que ha
desafiado seis veces al cónsul de Inglaterra en Oporto, que se ha
ocultado completamente sin aceptar el reto del valiente lusitano citado.
Siguió el concierto sin que la ovación iniciada al levantarse el telón
decayese un momento, pudiendo asegurar que este espectáculo fue uno de
los triunfos más señalados que alcanzó la Tuna en Oporto durante
su primera estancia en aquella ciudad; San Eustaquio recogió muchas
flores, y todos los Tunos (que eran cincuenta y dos) adornaron
sus tricornios con ramos de violetas y camelias dobles, que en
abundancia cayeron a sus pies.
Terminado el concierto, nos dirigimos al hotel,
donde se dejaron los instrumentos, volviendo a salir después para
asistir a los distintos bailes de máscaras que se celebraban aquella
noche.
A las cuatro de la mañana, no habían entrado aún
todos los tunos en el hotel.
A la siguiente mañana (martes de carnaval) se dio
orden de que nadie saliera de la fonda después del almuerzo, si no era
en colectividad. Estaba anunciada una matinée para la una de la tarde en
el grandioso Palacio de Cristal a donde dirigimos nuestros pasos, aunque
sin tocar, porque hay una distancia larguísima desde el punto de nuestra
residencia hasta aquel colosal edificio.
Llegamos a los linderos de los jardines y allí,
previa formación, entró la Tuna tocando y arrastrando en pos de
sí un gentío inmenso.
El día estaba claro, despejado el cielo, y la
atmósfera templada.
Todo parecía preludiar un lucido espectáculo.
EL TUNO PRIMERO
(Continuará.)
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NOTA: Artículo
procedente de investigación original inscrita con el número SA-120-02 en
el Registro de la Propiedad Intelectual. La presente edición ha sido
normalizada y corregida para evitar el uso no autorizado de la misma.
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