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Autor:
Arsenio González Huebra.
Título:
VIAJE DE LA TUNA A PORTUGAL XIII.
Publicación:
Museo Internacional del Estudiante, 2009.
Ver. original:
El Adelanto.
Fecha:
Viernes,
21 de marzo de 1890, pp. 1 y 2.
Llegada a Coimbra.- Recepción indescriptible.- La Tuna
Coimbricense.- El teatro de don Luís.- Discursos.- Hospedaje.
Hay en Coimbra dos estaciones de ferrocarril; la
vieja y la nueva.
La primera está un kilómetro próximamente de la
segunda a la parte norte de la ciudad; la segunda está inmediata a las
primeras casas de Coimbra.
Cuando estábamos próximos a la estación vieja
todos los tunos ocuparon las ventanillas de los carruajes y tendieron la
vista hacia el punto donde suponíamos esperaban los colegas
coimbricenses ¡Qué espectáculo nos ofrecieron estos! Mi pluma es incapaz
de describirlo.
Habíase formado un tren de diez y ocho o veinte
carruajes, que estaban ocupados por escolares. Las cubiertas de los
coches estaban literalmente llenas de estudiantes también, que de pié y
con los mantos arrollados y puestos al hombro esperaban nuestra llegada;
en las inmediaciones del tren, estaban los que no cupieron en los coches
ni en sus cubiertas: eran de ochocientos a mil los que salieron a
esperarnos; todos los que había en Coimbra.
Al aproximarse a la estación el tren que nos
conducía, comenzaron los que estaban sobre los techos de los vagones a
agitar sus mantos y a darnos entusiastas vivas a los que hacían nutrido
coro los que estaban en el interior y los que ocupaban las inmediaciones
del tren escolar; vivas a los que nosotros contestábamos enviando al par
nuestro saludo con los tricornios y con los manteos del uniforme. Cuando
las voces de unos y otros se hicieron perceptibles de tren a tren
aumentaron los entusiasmos a los que parecían unirse las locomotoras que
silbaban sin cesar haciendo admirable coro a nuestros vivas.
Al detenerse el tren, todos nos lanzamos a tierra
sin dejar de vitorearnos recíprocamente, formando una confusión hermosa
que no se puede apreciar sin verla, ni describir sin grandes elementos
de que carece mi pluma. ¡Viva España! ¡viva a Tuna! ¡viva Portugal!
¡viva Coimbra! ¡viva la federación escolar! ¡abaixo Inglaterra! y otros
gritos por el estilo llenaron aquellos espacios durante media hora, al
cabo de cuyo tiempo pudimos entendernos y hacer las presentaciones
oficiales de las comisiones que fueron cordialísimas y afectuosas en
extremo: a esto contribuyó mucho el académico (estudiante) señor
Martínez, a quien ya conocíamos por haber salido a encontrarnos hasta
cerca de la frontera cuando íbamos a Oporto, y ser primo de los hermanos
Samper que iban en la Tuna.
Después invadimos el
tren en que nos habían esperado los escolares portugueses: en cada coche
iba el doble número de asientos que los reglamentarios, mas todos los
que cabían en las cubiertas, a pesar de lo cual, muchos tuvieron que ir a pié hasta la estación nueva: una poderosa máquina que se puso a la
cabeza del tren, nos llevó a dicha estación, en la que se repitieron los
mismos gritos y vivas que en la primera, con los mismos entusiasmos y la
misma animación.
Más de treinta minutos
estuvimos trabajando para lograr la formación, que encontraba
dificultades en la aglomeración de gentes de todas las clases sociales
que nos esperaban en la estación nuevas: la Tuna de Coimbra, con sus
cítaras y violas, tocó un pasa-calle que todos aplaudimos calurosamente,
en tanto San Eustaquio formaba la Tuna española, y yo contemplaba el
hermoso panorama de la ciudad, verdadera montaña de casas blancas,
escalonadas en la pendiente y coronada por las torres del observatorio
astronómico y capilla de la Universidad, cuyo edificio ocupa el sitio
más elevado de la montaña coimbricense.
Por fin se dejó oír el
paso-doble que tocó la Tuna salmantina, y empezamos la marcha por
aquellas rúas angostas y pendientes, que dan un carácter típico a la
tercera capital del vecino reino.
Subiendo cuestas
empinadísimas llegamos al teatro de Don Luís que en un instante se llenó
de gente. Al entrar en el escenario una salva de aplausos y vivas nos
saludó con verdadero delirio. Al pié de la concha había una pequeña mesa
y tres sillas para la presidencia que yo tuve que aceptar a repetidas
instancias del presidente de la comisión escolar de Coimbra, señor
Silvestre Falcón, académico de la facultad de leyes; a mi derecha e
izquierda respectivamente se sentaron los señores Falcón y Cunha e
Costa, detrás de la presidencia las Tunas española y portuguesa y los
individuos de la comisión académica coimbricense.
En esta actitud tomó la
palabra el señor Falcón, haciendo un breve discurso de presentación que
agradecimos en el alma porque abundó en frases cariñosísimas para la
Tuna. Después hablé en nombre de aquella haciendo la justificación de
nuestra visita, agradeciendo el grandioso recibimiento de que fuimos
objeto y haciendo votos porque nuestro viaje rompiese el hielo de la
indiferencia que ha separado siempre a España y Portugal.
Un ilustradísimo
académico de la de medicina, Augusto Barreto, dijo con frases muy
correctas que Portugal era una nación pequeña que necesitaba de la
alianza; se extendió en algunas atinadísimas consideraciones en apoyo de
su tesis, terminado por decir que hoy no cabe otra alianza en Portugal
que la de España.
El distinguido legista
señor Cunha e Costa, orador fogoso, apasionado y brillante, se dirigió a
mí, y con frase enérgica y entonación firme, dijo que España no podía
rehusar la alianza portuguesa; que si grande era España en la historia,
grande era Portugal, haciendo con este motivo un paralelo entre los dos
pueblos, que fue, como todos los demás discursos, frenéticamente
aplaudido.
Terminó aquella reunión con vivas a España y Portugal, a la
federación ibérica y mueras a Inglaterra y a la traición inglesa.
Después, fuimos
invitados todos los tunos a repartirnos entre las casas de los
estudiantes de Coimbra. Unos veinte próximamente se fueron al hotel
antes de las invitaciones; los demás nos repartimos entre las casas de
nuestros distinguidos colegas.
Desde que fuimos al
teatro, yo había aceptado ya la hospitalidad que me ofrecía don Augusto
Barreto, a cuya casa fui con mí secretario particular Benito Pérez, que
como dije al principio de esta historia, es un joven de excelentes
cualidades y digno del cariño de sus colegas.
A las cuatro y media de
la tarde, entré en la casa o república del señor Barreto, donde, después
de lavarnos, nos sentamos a la mesa algo rendidos, por el viaje y la
necesidad de comer.
Al despedirme de varios
estudiantes que me acompañaron hasta casa, me preguntó Martínez, si
llevaba carta de presentación del Rector de la Universidad de Salamanca
para el de Coimbra; más como esta carta no me fue otorgada por el señor
Esperabé, a quien yo previsoramente la había pedido, me limité a
contestar que no. Entonces, me dijo, este rector no les recibirá a
ustedes oficialmente.
Afortunadamente el
señor rector de Coimbra, volvió espontáneamente de su acuerdo tan pronto
como se cercioró de la clase de Tuna que iba a visitar aquella
Universidad.
EL TUNO PRIMERO.
(Continuará.)
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NOTA: Artículo
procedente de investigación original inscrita con el número SA-120-02 en
el Registro de la Propiedad Intelectual. La presente edición ha sido
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